Es inevitable que mi cabeza se enloquezca cada vez
que mis ojos observan un spot publicitario sobre la película The Avengers”. Es como
si se hubiese generado en mí una especie de adicción por algo que ni siquiera
he visto aun. Una de las cosas que más me brinda placer con esta infantil
situación es precisamente lo infantil que es, ya estamos o mejor dicho estoy en
los placenteros y sufridos 27 primaveras u otoños suena mejor, más acorde. Pero
sentir ansiedad infantil en medio de una adultez sulfurante y agobiante,
devuelve un poco de aire a mi cerebro sobre lo que perdemos cuando dejamos de disfrutar
las pequeñas cosas que en algún momento nos hacían vibrar sin lógica aparente.
El regalo en navidad, la visita al parque de
diversiones (por lo general el Parque Norte o cualquier Comfama), y por
supuesto una ida a cine, las cuales en mi época eran una especie de lujosa
actividad que ahora no es más que un espacio del corto fin de semana. El cine
en mi época o en la suya si acaso se identifica con esto, era una experiencia
que trascendía cualquier posible regalo físico o viaje inesperado, la sensación
de la pantalla gigante reflejándose en tu pupila es algo que aun no será capaz de describir, las crispetas se disfrutaban en el “medio tiempo” un corto
anuncio de receso que te indicaba que era hora de disfrutar de los dulces que
se ofrecían en el teatro. Al parecer, dos horas de metraje eran demasiado
agobiantes para permanecer en un asiento, pero todo el ejercicio era un
trayecto exquisito.
Salir de la mano con nuestro padres y escoger lo de
siempre: una Coca Cola y un gran paquete de crispetas, luego correr hacia
nuestras sillas antes de que estas fueran plagiadas, suplantadas o arrebatadas.
Creo que no cambiaría ese recuerdo por otra sensación.
Ahora el cine es un plan más, pero por ese aire
nostálgico que me caracteriza y que los que me conocen identifican escribo este
texto para dedicarlo a esa mente infantil que no debemos perder por los afanes
del diario vivir, a esa mente infantil que no se preocupaba más que por vivir
cada día sin importar el siguiente. Y le agradezco a mis padres por haber
llevado a este imperactivo personaje a vivir en frente de una gran pantalla la
ilusión de ver a su héroe favorito volar sobre los aires con una capa roja en
su espalda y creer que en verdad sucedía(confieso que siempre pensé que la capa
le ayudaba a volar y que si se la
quitaban le pasaría lo mismo que al pobre de Sansón).
Ahora disfrutaré de la misma manera el hecho de ver
a un grupo de héroes que no existen hacer lo que solo era posible en un dibujo
animado o en la viñeta de un comic.
Cuando perdemos la inocencia del pasado, perdemos el
espíritu de disfrutar las pequeñas grandes cosas que salpican nuestra mente de
imaginación.

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