Es inevitable que mi cabeza se enloquezca cada vez
que mis ojos observan un spot publicitario sobre la película The Avengers”. Es como
si se hubiese generado en mí una especie de adicción por algo que ni siquiera
he visto aun. Una de las cosas que más me brinda placer con esta infantil
situación es precisamente lo infantil que es, ya estamos o mejor dicho estoy en
los placenteros y sufridos 27 primaveras u otoños suena mejor, más acorde. Pero
sentir ansiedad infantil en medio de una adultez sulfurante y agobiante,
devuelve un poco de aire a mi cerebro sobre lo que perdemos cuando dejamos de disfrutar
las pequeñas cosas que en algún momento nos hacían vibrar sin lógica aparente.
El regalo en navidad, la visita al parque de
diversiones (por lo general el Parque Norte o cualquier Comfama), y por
supuesto una ida a cine, las cuales en mi época eran una especie de lujosa
actividad que ahora no es más que un espacio del corto fin de semana. El cine
en mi época o en la suya si acaso se identifica con esto, era una experiencia
que trascendía cualquier posible regalo físico o viaje inesperado, la sensación
de la pantalla gigante reflejándose en tu pupila es algo que aun no será capaz de describir, las crispetas se disfrutaban en el “medio tiempo” un corto
anuncio de receso que te indicaba que era hora de disfrutar de los dulces que
se ofrecían en el teatro. Al parecer, dos horas de metraje eran demasiado
agobiantes para permanecer en un asiento, pero todo el ejercicio era un
trayecto exquisito.









